sábado, 19 de abril de 2008

Comentario de RAMÓN SANCHEZ LABRA

Pablo Díaz nació en 1959, junto al viejo Palermo, en el que ya habían fallecido compadritos y otras ensoñaciones marginales que nos describiera el maestro Borges. Tal vez residuen en la memoria infantil de Pablo Díaz algunos caballos: los oscuros tapados que taconeaban el empedrado al tiro de los fúnebres; el zaino de Gaspar el verdulero que dormía en un corralón de la calle Gallo; el colorado del último Telechea que enjuagaba la leche en casa de sus abuelos; un petiso flaco a la par del botellero y los tordillos frisones del basurero municipal. Con esos equinos fantasmales y algún resquicio genético de sus ancestros le fué suficiente. Sus ojos apasionados tomaron la calle larga y se fueron para siempre a los campos porteños de Hernández y Benito Lynch. No le importó que su cuerpo tuviera que seguir cumpliendo rituales escolares en la Capital, inútil fué el afincamiento ciudadano de la casa paterna. Pablo ya había trasladado su imaginación creadora a los campos del sur. Allí se encontró con hombres y caballos de verdad: peones, puesteros, esquiladores, alambradores, bolicheros, chacareros, reseros y domadores. Amigos y compañeros de camino. Su debilidad lo costaló sobre los dos que lleva en su sagrario: EL CROTO, porqué para él toda la pampa es camino sin llegaday por lo tanto el andar una forma de eternidad; y EL PAYADOR, por que como dice Borges es "el escuchado", y perdurar en el oyente es una forma de no morir.
Más allá de que nadie tiene todas las barajas de la felicidad (por que no siempre te las dan y a veces te las quitan) Pablo Díaz tiene dos bravas que lo salvan: una es el lugar y la gente con la que eligió vivir, y la otra es que acertó con la forma de exaltarlos.
Ramón Sanchez Labra, prologo al catálogo de la muestra "CROTOS, PAYADORES Y FINADOS" Galería Liberarte, Bs. As. Agosto 1996

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