domingo, 2 de septiembre de 2012

LA OBRA y un articulo de JUAN CARLOS ROJAS.

Breve ensayo sobre la obra de Pablo Diaz. La obra de Pablo Díaz está exenta de estereotipos. No aparece lo evidente y recurrente de la pintura campera en la reiteración de estereotipos del caballo y del paisano. No cae en el facilismo del clima bucólico, ni en la mera caricatura. En una primera mirada ya se observa que hay una indagación de lo profundo, de lo trascendente. El protagonismo está en “la pampa”. Por supuesto que concurren el paisano y su caballo, no podría ser de otra manera, lo que se pretenderá demostrar aquí es dichos protagonistas se conjugan en una historia, en un relato, en un drama situado en la pampa; convirtiendo así a ella en la verdadera protagonista. Aparece la pampa en la forma y en el contenido. Partamos de la forma, la pintura de Díaz es horizontal, apaisada. Esto ya es una fuerte definición, esto ya es tomar partido sin medias tintas o mejor dicho, medias acuarelas. Es el horizonte como protagonista. Es el horizonte mítico. Mejor dicho es el horizonte utópico. Se representa con claridad la potencia utópica del horizonte en la dimensión de la famosa metáfora. El horizonte nunca se alcanza, pero en su búsqueda caminamos y caminamos por su búsqueda. Al fin y al cabo, ¿qué es lo que puede justificar nuestra vida sino la eterna búsqueda? La pampa ha hegemonizado la definición de la identidad nacional en un falso paradigma que nos ha impuesto la historia oficial porteña, y la inmensa radicación de inmigrantes en el litoral. Es una mirada del país desde afuera, desde el Rio de La Plata, de la orilla. Ya lo había observado el gran Jauretche. En los andenes de Retiro se señalan los trenes que parten para el interior con un cartel que dice “AFUERA”. Es decir que internarse en el país es irse para afuera. Por contraposición, si uno se dirige hacia las terminales de Buenos Aires, zona marginal geográficamente hablando, estaría yendo para adentro. Es un disparate. La pampa no debe hegemonizar el símbolo de lo nacional. Pero sí define una parte de la idiosincrasia nacional, pero no toda. No se puede dejar de lado la personalidad y carácter de la selva, la monumentalidad respetuosa de la cordillera, la inmensidad de las estepas sureñas, la variedad ofrecida por todas las serranías, el desconocido chaco, las otras pampas tan diferentes de nuestro riquísimo altiplano. Historia, lenguas, música, colores, cultura (quiero hacer comparaciones odiosas), generalmente más ricas y más antiguas. Pero lo interesante en la obra de este singular pintor es que sitúa a la pampa como el territorio donde se disputó y se disputa la identidad nacional. El mejor ejemplo de ello lo encontramos en el Martín Fierro. Hernandez pinta el encuentro feroz de civilización y la barbarie y opta por esta última. Porque José Hernandez comprende, junto a Dorrego, Rosas, Quiroga, Felipe Varela y otros líderes populares, que la mal llamada barbarie es en realidad la ideología nacional y popular, es un anhelo de independencia y autonomía es la aventura de la construcción de una patria justa. No nos queremos ir del tema, pero Carlos Astrada tiene un trabajo sobre el Martín Fierro donde muestra a la ideología nacional del gaucho pampeano como la continuidad de la gesta independista de Güemes: “Pero una sombra de olvido se cierne sobre la pampa, y el protagonista anónimo de nuestra epopeya es tan sólo un paria, al margen de las preocupaciones tutelares de un Estado cuya filosofía político – social se formó con retazos y remanentes doctrinarios adquiridos en el extranjero. Sin embargo . . . el hombre silenciado por cosas y ruidos que llegaban de afuera . . . era nada menos que el insobornable guardador del numen germinal de la nacionalidad . . .” Es por esto que en la pampa se encontraron en tensión los dos partidos políticos que existen desde la independencia hasta nuestros días aunque muchos se disimulen en otros nombres. El partido americano y el partido europeo tal como los define Sarmiento en el Facundo citando al primer ministro francés Guizot. Esa tensión es la tensión de nuestra historia. La oligarquía extranjerizante por un lado y el pueblo moreno atado a su suelo, a su patria por el otro. Esa tensión por intereses y clase se entiende plenamente. Lo que no se entiende es que la burguesía como clase ausente, tal como la define Jauretche, más una clase media boba, el medio pelo, tal como la define Juaretche nuevamente, hayan suscripto a las posiciones antinacionales y antipopulares de la oligarquía. Hecha esta aclaración que la pampa constituye moral y culturalmente parte de una nación mucho más rica y compleja, retornemos a Díaz. Ya hablamos de la forma, avancemos en el contenido. Para ello podemos seguir echando mano de Carlos Astrada, de Arturo Jauretche y agregar a Raúl Scalabrini Ortiz. “Somos hombres de la pampa y llevamos adentrados su misterio y desolación”. Para Astrada, la creación de la gran ciudad de Buenos Aires no es sino la intención de fortificar una esperanza contra el asedio de la desolación cósmica de la pampa. Este filósofo propone que nos sobrepongamos a nuestro dolor de náufragos. Sigue diciendo que “es tal el hechizo de la lejanía, el esfumarse de todo límite ejerce sobre él (el hombre pampeano), que su ser, en un dramático y fallido ademán de trascendencia, es un proyectarse hacia un horizonte que constantemente se ahonda y dilata . .” Duro destino del hombre pampeano y dura la tarea de Díaz de adentrarse en este mar inconmensurable de la pampa, en plasmarla, en acotarla a dimensiones y colores. Tal vez sea esta enorme dificultad con que se enfrenta el artista y por la que se apoya sabiamente en la contribución de la palabra escrita. Este recurso del pintor, no menoscaba en absoluto el principio de la plástica. Todo lo contrario, la letra, la palabra contribuye a la historicidad de la búsqueda. Siguiendo con el gran filósofo argentino en su trabajo “Metafísica de La Pampa” podemos afirmar que el intento logrado y alcanzado por Díaz es un definir del “estar en el mundo” de Heidegger, el “Dasein”: “La naturaleza es histórica . . . cómo paisaje, como dominio de colonización y de explotación, como campo de batalla y lugares destinados en ella para el culto”. Diaz no se conforma con un paisajismo ni realista ni mágico. Díaz intenta contar que hay una pampa donde se “está” y se “es”. Donde transcurre una historia, donde se conjugan y se tensan culturas, intereses y clases sociales. Fue la pampa, como ya dijimos donde se afincó principalmente el aluvión inmigratorio y donde se comenzó un proceso de aculturación. Tenemos que llegar al 17 de octubre de 1955 para que el criollo irrumpa en el quehacer social y político nacional. Nada más elocuente que los “morenos” deambulando por el centro porteño como un la visibilización de la apropiación de un espacio que le era vedado; que era el territorio de los “blancos”. No por casualidad el dirigente del partido radical Sanmartino calificó ese evento con total desparpajo y odio de clase como un “aluvión zoológico”. No por casualidad Scalabrini Ortiz dijo: Era el subsuelo de la patria sublevada. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba por primera vez en su tosca desnudez original....Eran los hombres que 'estaban solos y esperaban', que iniciaban sus tareas de reivindicación". Pablo Díaz elige ese ámbito, la pampa, porque es el suyo. No sólo por nacido y criado, parte en el campo y parte en la ciudad; ambos en la llanura pampeana. Seguramente la eligió porque es en esa arena donde se desnuda el conflicto, la contradicción principal que ha sido motor de nuestra historia. La pampa gringa, blanca, mediapelina, y el llano, la montaña, la selva morocha, patriótica y solidaria. La extranjerización humillante y la grandeza nacional y popular. El partido europeo (hoy diríamos yanqui) y el partido americano (hoy deberíamos decir latinoamericano y del Caribe). Además y nada menos al fin, el trabajo de Díaz demuestra destreza y es bello. Luego de tantas palabras, de tal exceso de palabras, de tanta búsqueda obstinada y positivista de la verdad, lo que me resta decir es que lo de Pablo Díaz es arte. Juan C. Rojas Agosto 2012

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